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ORIGENES
La mayoría de los expertos consideran a la estela discoidal como un monumento funerario, asociado a ritos ancestrales desde antes de nuestra Era, pero no consiguen ponerse de acuerdo a la hora de interpretar su forma, para la que existen diversas teorías.
Unos consideran que este tipo de estela fue creado como representación del disco solar o lunar, símbolo de una de las creencias más antiguas de la humanidad, como es la influencia del sol, la luna y otras manifestaciones astrales en la vida de la naturaleza y del hombre sobre la tierra, con el fin de que le siga alumbrando y protegiendo en la otra vida.
Otros ven la estela, especialmente aquellas dotadas de cuello y hombros, como una identificación estilizada de la figura humana, que pudiera representar la imagen del cuerpo enterrado a sus pies, buscando que su espíritu no se pierda en las tinieblas del más allá y que sea honrado y recordado.
Finalmente, otros piensan que la estela discoidal fue creada como un diseño o forma geométrica perfecta y estética, fácilmente reproducible y duradera, que sirviese como señalización del lugar de enterramiento y recuerdo del difunto. Con toda probabilidad, la mayoría de las estelas en su origen participan de alguna o incluso de las tres interpretaciones, especialmente si tenemos en cuenta no sólo su forma sino su contenido. Así podemos encontrar estelas de
silueta antropomorfa, con dibujos de clara inspiración solar y un diseño pleno de armonía y belleza. La aparición de las estelas discoidales vascas más antiguas coincide con la época más confusa y desconocida de la zona que hoy ocupa Euskal Herria. Una población autóctona, en el cruce de las civilizaciones más importantes de aquellos tiempos: celtas por el norte y el oeste, iberos por el sur y el este
y finalmente romanos por todas partes, hacen que los siglos anteriores a nuestra Era conviertan a nuestras estelas en jeroglíficos de difícil solución. Parece del todo imposible asegurar cuáles de los símbolos astrales de aquellos primeros monumentos eran de creación indígena o cuáles de influencia celta, ibérica o romana.
De todas formas, parece ser que el intercambio con el mundo celta fue más notable, si tenemos en cuenta la importancia y similitud de las estelas del norte y oeste de la Península. De esa época es el conocido Idolo de Mikeldi procedente del centro de Bizkaia, un claro exponente de la influencia celta, emparentado con los toros y verracos de la meseta peninsular. Es sorprendente la aportación indígena de un gran disco solar entre sus patas, que no se da en ninguna otra de las esculturas similares.
En la descripción que se hace del descubrimiento en 1864, según folleto del Museo Vasco de Bilbao, se habla de unas inscripciones indescifrables en el disco y de una espiga debajo de él para sujetar la pieza al suelo. ¿Estamos ante el primer intento de creación de una estela discoidal, o era ya el disco de piedra un monumento funerario propio de aquellas poblaciones y su aportación al gran ídolo venido de fuera?
Para apoyar la teoría antropomorfa, es interesante constatar que las representaciones humanas de esa época, grabadas sobre piedra, lucían una cabeza totalmente circular, con siluetas similares a las de una estela discoidal, como podemos ver en las estelas tabulares de influencia romana de Iruña-Veleia y Kanpezu. En cambio, leyendas de Zuberoa atribuyen el origen de las estelas a sus
antepasados, que construyeron estas piedras redondas como pequeñas lunas de piedra, para conseguir que las almas de los difuntos no volasen hacia el astro nocturno. Las llamaron hilargiak-lunas y con el tiempo hilarriak-piedras de difuntos. Sea cual sea el origen de las estelas discoidales y el porqué de una forma
determinada, lo primero que llama la atención de los estudiosos que se acercan a estos monumentos funerarios, es la enorme cantidad que se ha encontrado en el territorio histórico de Euskal Herria, con gran diferencia respecto al resto de países de Europa, hasta el punto de constituirse en uno de los conjuntos más importantes del patrimonio cultural del país y referente obligatorio de identidad del arte vasco. Y algo tuvo que aportar el elemento autóctono en su creación para que tal manifestación funeraria-artística haya calado tan profundamente en los usos y costumbres de un pueblo y durante tanto tiempo.
Que hoy estemos hablando de más de 5000 estelas localizadas, más otras tantas que permanecen enterradas, rotas o perdidas; que estemos hablando de estelas de más de 2000 años de antigüedad y de su difusión a lo largo de la historia hasta hoy mismo, a pesar de las prohibiciones, destrucciones, abandono y saqueos que han sufrido; que a través de sus dibujos estemos viendo hoy la evolución de las creencias religiosas, de las costumbres, de la escritura, del arte de un pueblo a lo largo de los siglos, nos obliga a plantearnos una actitud de curiosidad e interés, cuando no de admiración y respeto, cosa que no han tenido en los últimos siglos.
Evolución en el tiempo
De las primeras estelas discoidales de comienzos de nuestra Era, apenas quedan muestras, debido al tiempo transcurrido, al tamaño reducido de estos monumentos que facilita su extravío y expolio y al escaso valor que se les ha atribuido. Muchas de ellas, de existir, permanecen enterradas Las que se han ido descubriendo corresponden a la zona más occidental del país, que en
aquella época vivió una confusa convivencia de celtas, iberos, invasores romanos y poblaciones autóctonas. Su influencia en el devenir posterior de las estelas es indudable, pues no sólo implantaron una forma exterior imperecedera, sino que incorporaron a los ritos funerarios una simbología astral de trascendencia universal, transmitiendo las creencias de nuestros antepasados en documentos imborrables.
Desde el final de la dominación romana hasta la implantación definitiva del Cristianismo en Euskal Herria, a comienzos de la Edad Media, el mundo de las estelas discoidales no ha dejado más huella que unos cuantos restos dispersos, seguramente de estelas primitivas reutilizadas bajo influencia visigoda, y las estelas de la necrópolis de Argiñeta en Bizkaia, depositadas junto a varios sarcófagos visigóticos del siglo IX. Dado que sus hermosos y enigmáticos dibujos son de carácter astrológico, sin ningún signo cristiano, no se puede
asegurar que sean de esta época visigótica, sino muy posiblemente de tiempos previos a la llegada del cristianismo a estas tierras. Es de destacar el parecido de una de ellas con la estela del oppidum romano de Iruña-Veleia depositada en el Museo de Alava.
Parece evidente que en su paso de varios siglos en intermitente lucha-convivencia con las poblaciones autóctonas, los visigodos no facilitaron el uso de las estelas, sino que más bien acabaron con ellas (recordemos las normas en su contra de los Concilios de Toledo en los siglos VI y VII que cita A. Aguirre en su libro Estelas discoidales de Gipuzkoa). Es de destacar que sus cruces
laureadas extendidas por otras zonas de la península y que, por su forma, podían haber sustituido a las estelas autóctonas, no tuvieron ninguna implantación en tierras vascas. En todo caso, las muestras más evidentes de su estancia en en Euskal Herria fueron las inscripciones toscas que dejaron en las iglesias rupestres y cuevas artificiales y en los epígrafes de las estelas
funerarias tabulares, que analizan A. Azkarate e I. García Camino en sus documentados estudios. Siendo la estela funeraria una expresión del sentido religioso del hombre, de origen pagano y “convertida” posteriormente al cristianismo, no es de extrañar la influencia que en su proliferación tuvieron las grandes convulsiones de la
Cristiandad durante el segundo milenio de nuestra Era, y que afectaron directamente a Euskal Herria, de nuevo en la encrucijada de las grandes crisis europeas. Las dos oleadas de fervor (o fanatismo) religioso que convulsionaron la Europa occidental, una a comienzos del milenio, con la implantación de cientos de monasterios de las órdenes monacales, la intensificación de la ruta
jacobea y la lucha contra el avance musulmán, y la otra, a partir del siglo XVI, con el renacimiento del catolicismo, el poder papal y la Contrarreforma, coinciden con los dos grandes ciclos de expansión de las estelas en estas tierras, el primero en Nafarroa y el segundo en Lapurdi, Nafarroa Beherea y Zuberoa.
El resurgir de la estela discoidal en Nafarroa fue espectacular a lo largo de la Edad Media. Cientos de monumentos han ido apareciendo en la mayoría de los pueblos de la zona media y pirenaica, dejando ver la recuperación de aquellos símbolos astrales de sus predecesoras e incorporando la exquisitez geométrica del primer románico y la explícita iconografía cristiana, principalmente cruces,
potenciada por los monasterios de las Órdenes religiosas de Cluny y del Cister. Es la época de esplendor de la estela discoidal a este lado de los Pirineos, que coincide con el de los reinos de Pamplona y de Navarra. Se extenderá hasta los siglos XV y XVI, cuando se establece la costumbre de enterrar a los muertos en el interior de las iglesias y los señalamientos de las sepulturas se realizan en las losas que las cubren. Su fin coincide también con la desaparición del reino de Navarra bajo la corona de Castilla en el siglo XVI.
Sin embargo esto no ocurre así al norte de los Pirineos. El reino de Baja-Navarra se mantiene independiente y toda la Vasconia transpirenaica conoce tiempos de prosperidad y riqueza, bajo la dinastía de Albret, y la conexión dinástica con Francia. El resurgimiento católico provocado por el Concilio de Trento (1545) y las nuevas normas doctrinales de la Contrarreforma, con la Compañía de Jesús (1534) al frente, se extiende fácilmente por tierras anteriormente propicias a herejes y brujerías.
Comienza una de las etapas de más riqueza en el desarrollo de la estela discoidal. Los signos astrales se adaptan a las creencias cristianas y el arte renacentista y barroco dejan su impronta, generando un sin fin de variaciones de los símbolos renovados, sorprendentes por su iconografía original y artística, algunas tan singulares e influyentes como el lauburu. Se mantienen los enterramientos en terrenos próximos a la iglesia, dando lugar a un tipo de cementerio campestre (campo santo), sin tapias, con flores y árboles
rodeando las estelas, como una continuación del entorno rural, que se hará clásico en el paisaje del norte de Euskal Herria. Esta etapa concluye durante el siglo XVIII, con las estelas de la zona del Adur, al norte de Lapurdi, en una especie de canto del cisne del ancestral rito funerario, bajo un estilo enriquecido, recargado de símbolos, digno de los palacios barrocos y neoclásicos. A partir de ese siglo los cementerios se llenan de cruces y losas, quedando las viejas estelas abandonadas.
Salvo alguna excepción, la estela discoidal desaparece definitivamente de los cementerios vascos en el siglo XIX, sustituida por cruces sobre panteones y tumbas de mármol, y no fue hasta la segunda mitad del siglo XX cuando comenzaron a verse en los cementerios principalmente urbanos, modernas reproducciones de las antiguas estelas, y nuevas versiones con palomas, lauburus, en un intento de recuperación, envuelto en nostalgia y sentido nacionalista.
Una muestra de este resurgimiento son los cementerios ajardinados, con estelas modernas, que han proliferado por doquier, siendo ejemplos a destacar los cementerios de Bakio en Bizkaia y Maule en Zuberoa. Más profunda ha sido la recuperación estética de nuestros principales escultores. Las estelas-escultura de Oteiza, Chillida y Basterretxea, son un ejemplo a seguir si se intenta recuperar el verdadero sentido iconográfico y artístico de la estela discoidal
Tipología
Disco, pie, cuello, canto, anverso, reverso, diámetro, altura, espesor, material etc., son los parámetros que definen la tipología de las estelas discoidales y que sirven a los expertos para establecer su descripción y catalogación bajo unos patrones comunes, fácilmente comparativos. Este libro no enumera las características y datos técnicos de cada estela, como si se tratase de un
trabajo etnográfico sobre restos de yacimientos prehistóricos. Aquí se presentan desde un punto de vista general y divulgativo, acercándonos a ellas como pequeñas obras de arte, interpretando sus dibujos e inscripciones y admirando el simbolismo y la belleza de sus proporciones y de sus grabados, como puedan serlo los capiteles y canecillos de las iglesias medievales.
La estela discoidal “prototipo” es una piedra plana de caras paralelas en forma de disco, con un pie o vástago que sirve para ser hincada en la tierra. La zona del disco está tallada por ambos lados, a veces también el pie y el canto, con grabados incisos o en relieve.
Por lo general, el diámetro medio de las estelas vascas se sitúa en torno a los 40 o 50 cm. y sus variantes oscilan entre 20 y 90 cm. La forma y dimensiones del pie varían considerablemente, según la tipología de la estela. Las estelas
antiguas utilizaban el pie, normalmente recto y terminado en punta, como parte para hincar en el suelo, dejando sobresalir únicamente el disco o en algunos casos, como en las estelas llamadas antropomórficas, también la parte del cuello y los hombros. Algunas estelas presentan la parte escondida bajo tierra de tamaño considerable. Al ir ampliándose el campo de decoración de la estela, especialmente con la incorporación de fechas, monogramas y otras inscripciones en el pie, éste fue
abriéndose en forma trapezoidal y adquiriendo más altura sobre el nivel del suelo. Esta evolución dotó a la estela discoidal de la forma clásica con que se describe en las enciclopedias, como un disco con el pie trapezoidal de su misma altura aproximada. El espesor puede variar de 8 a 25 cm. El material utilizado es siempre del tipo de piedra que se localiza en las cercanías de su
emplazamiento, por lo que se encuentran toda clase de formaciones rocosas, aunque las más abundantes son la arenisca, por la facilidad de su tallado y la piedra caliza, por su abundancia y dureza. Siglos de intemperie y condiciones adversas, entre las que se encuentran las continuas agresiones que han sufrido a lo largo de los años, han llevado a que
la mayoría de las estelas hoy localizadas sufran importantes desgastes y roturas, siendo sorprendente la cantidad de estelas de las que sólo se conserva el disco, lo que muestra una clara intención de destrucción, al buscarse la rotura de la estela por la zona del cuello, su parte más débil, golpeando en la parte superior, estando el resto firmemente empotrado en el suelo.
La orientación clásica de los monumentos funerarios, mirando hacia el Este, como al parecer correspondía a los ritos de origen astral, es prácticamente imposible de comprobar en las estelas vascas, tal como se encuentran localizadas hoy en día, debido al continuo movimiento al que han sido sometidas. Lo más probable es que lo hayan estado así en el pasado, como se puede comprobar en algún remoto cementerio de la zona norte del país.
El traslado de los antiguos cementerios a nuevos emplazamientos (lo que supuso, por otro lado, la desaparición de la mayoría de las “viejas” estelas), la reestructuración de los cementerios actuales, agrupando las estelas antiguas en distribuciones ornamentales, y la disposición con carácter expositivo de las estelas en los museos, monasterios e iglesias, han convertido aquella disposición ritual y mágica de un pasado quizá no muy remoto en una hipótesis de estudios etnológicos.
Aunque no tan numerosas, existe un número importante de estelas que se han localizado fuera de los cementerios. En los caminos, en encrucijadas o en pleno monte, las estelas han servido, también, para rememorar una muerte violentao señalar puntos importantes del terreno, como lindes o mojones de separación, en este caso posiblemente reutilizadas. Muchas han quedado desplazadas de su entorno original y aparecen en lugares dispares como las paredes de la iglesia, escalones y suelos de los alrededores o muros y firmes de los caminos.
Motivos decorativos
Los grabados que decoran las estelas discoidales constituyen un amplio universo de dibujos, signos e inscripciones dignas de estudios en profundidad y multidisciplinares, dado que se producen a lo largo de dos milenios y bajo la influencia de muy diversas civilizaciones y culturas. Las principales líneas de inspiración que han guiado la labor de los artesanos de estos monumentos son tres:
los motivos astrales, los símbolos cristianos y las inscripciones de nombres y fechas, todos ellos combinados con motivos decorativos que pueden ser originales o derivados de los anteriores. El resultado es una muestra amplia y compleja, una crónica de múltiples facetas de la evolución de un pueblo a lo largo de un extenso período, que trasciende la mera consideración de sus ritos funerarios y nos aporta una serie inagotable de datos de tipo etnológico, sociológico y artístico de sumo interés para su estudio y comprensión, ya que reflejan aspectos importantes del sentir del alma vasca.
Situación actual
Hemos dicho al principio que la mayor concentración de estelas discoidales a lo largo del planeta se da en Euskal Herria. Esto es así, si bien la distribución en cada territorio histórico es muy diferente. De una cantidad total que hemos estimado en 5000 estelas localizadas, siempre con carácter meramente orientativo, más del 65% se encuentran en Iparralde (Lapurdi, Nafarroa Beherea y Zuberoa),
el 25% en Nafarroa y el resto repartidas entre Araba, Bizkaia y Gipuzkoa. Se podría decir, a modo de simplificación histórica, que el fenómeno de la estela discoidal como monumento funerario tuvo su máximo desarrollo en los territorios que ocupó en su tiempo el Reino de Navarra, a un lado y a otro de los Pirineos, lo cual no es muy sorprendente si tenemos en
cuenta que la mayoría de las estelas que conocemos son de tiempos medievales y posteriores, en la época del máximo esplendor del viejo reino. Ver en este mapa la distribución por territorios de las más de 1000 estelas objeto de este estudio. Debemos mencionar que en el Sur de Francia y en el resto de la península
Ibérica, especialmente en la mitad Norte y Cataluña, existen también puntos de concentración de estelas discoidales, aunque en menor proporción. Caso aparte, que se merece destacar, es el de Portugal, que con más de 1000 estelas ocupa un importante lugar en la localización de estos monumentos funerarios.
La situación actual de las estelas en Euskal Herria varía considerablemente de una zona a otra del país. En Araba, Bizkaia y Gipuzkoa, las estelas discoidales antiguas han desaparecido de los cementerios. Salvo algunos escasos ejemplares que forman parte del altar o la pared de alguna ermita o iglesia,
la mayor parte de su patrimonio se encuentra en los museos, Museo Arqueológico de Alava, Museo Vasco de Bilbao y especialmente en el Museo San Telmo de San Sebastián, que alberga una importante colección de estelas, aunque hay que destacar que la mayoría de ellas proceden de Nafarroa.
En los territorios de Iparralde la situación es bien distinta. El Museo Vasco de Baiona, el Museo de Baja Navarra de Donapaleu y el Centro-museo de Larzabale, disponen de colecciones interesantes aunque discretas, en relación con el extenso patrimonio de Lapurdi, Nafarroa Beherea y Zuberoa de donde proceden. La gran mayoría de las estelas permanecen en los cementerios o en
zonas anejas a la iglesia, lo que mantiene vivo el ambiente de su entorno natural, el espíritu doméstico y recogido de los antiguos cementerios rurales vascos. En algunos pueblos estos cementerios están ajardinados y las viejas estelas ocupan un lugar preferente. Sin embargo, en otros lugares, más alejados de las rutas turísticas, hay que lamentar un cierto abandono.
La situación en Nafarroa es partícipe de ambos enfoques en la administración de su patrimonio. Por un lado, el Museo de Navarra conserva una excelente colección de estelas discoidales medievales, hoy en día almacenada, a la que podemos añadir los ejemplares celosamente guardados por instituciones como el monasterio de Irantzu, el convento de San Francisco de Sangoza o la Casa
de Cultura de Tafalla. Por otro lado, es destacable el esfuerzo de algunos pueblos como Abaurregaina, Etxalar, Aurizberri, Orotz-Betelu, Bera, Xabier y otros, en mantener en zonas ajardinadas próximas a la iglesia, las estelas retiradas de los viejos cementerios. Añadiremos a esto las múltiples estelas que han aparecido y siguen apareciendo en pequeños pueblos, dispersos por
todo el territorio navarro, y que se encuentran en colecciones particulares. No existe hasta el momento ningún inventario unificado que recoja las numerosas estelas discoidales que componen el patrimonio de Euskal Herria. Desde las primeras aproximaciones al tema de autores foráneos como Henry O´Shea (1889) y Eugeniusz Frankowski (1920), pasando por los trabajos
fundamentales de Louis Colàs (1924) y de José Miguel de Barandiarán (1952-1970), que se ocuparon de las estelas de Iparralde, hasta los más recientes estudios, también de ámbito parcial publicados en libros y revistas especializadas, que conforman una abundante bibliografía, se han contabilizado y descrito en los siete territorios de Euskal Herria, cerca de 2500 estelas, muchas de ellas hoy desaparecidas. Otras tantas están a la espera de su estudio, interpretación y publicación.
La escasa información que se puede extraer de Internet sobre el tema, así como la más que discreta dedicación de las instituciones culturales del País a través de Universidades, Museos y trabajos de investigación, hacen problemática la recuperación de este gran patrimonio y difícil la incorporación de nuevas personas interesadas en esta faceta fundamental del arte y la cultura vascas.
En el año 1979 se celebró en Lodéve (Francia) la 1ª Jornada de Estudios sobre la Estela Funeraria, reuniendo a los mejores especialistas del mundo, lo que supuso la puesta en marcha de los Congresos Internacionales dedicados al tema. Se han celebrado, desde entonces, seis congresos: Baiona (1982), Carcassonne (1987), Donostia (1991), Soria (1993), Pamplona (1995) y Santander (2002).
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